San Severo fue obispo de Barcelona en el siglo IV, en tiempos convulsos
para la Iglesia primitiva. Se lo recuerda por haber mantenido su fe frente a la
persecución de los emperadores romanos, defendiendo a su comunidad aún bajo
amenaza de muerte.
Según
la tradición, Severo fue martirizado por negarse a entregar los templos
cristianos al poder imperial. Fue ejecutado mediante un cruel tormento: la
inserción de clavos en su cabeza, símbolo de su fidelidad hasta el final.
Su memoria se conserva con gran devoción en Cataluña y en diversas
diócesis de América Latina. En la liturgia de hoy, la Iglesia invita a los
creyentes a imitar su coraje y su fidelidad al Evangelio.









