En julio de 2024, en un bar cualquiera, se cocinaba
uno de los diálogos más grotescos de la política argentina reciente. Diego
Spagnuolo, abogado del presidente, interventor de la Agencia Nacional de
Discapacidad y habitué de Olivos y Kansas, pedía asesoramiento no sobre cómo
defender a los más vulnerables, sino sobre cómo zafar de ir preso en el
medio de una estafa millonaria con medicamentos. Un país donde los
discapacitados esperan una silla de ruedas o una prótesis, mientras los
laboratorios armaban la colecta para la “Zarina” a razón de 500.000 a 800.000
dólares mensuales. Y sí, que no falte la caja chica.
El audio que se filtró lo retrata de cuerpo entero:
“Tu hermana está choreando”, le habría dicho al mismísimo Javier Milei.
Es decir, el presidente sabía. El presidente escuchó. El presidente calló. Como
siempre. Pero claro, lo importante era que lo que él firmaba estuviera
“prolijito”. El manual de cinismo ya no cabe en un tomo: hace falta una
enciclopedia.
La trama de los Spagnuolo, los Menem, las
droguerías amigas, los laboratorios cómplices y la mismísima hermana
presidencial no es una novela negra: es un saqueo con olor a podrido. A este
festín se le suma la complicidad de la ANMAT, que permitió la circulación de
fentanilo contaminado, dejando un tendal de víctimas mientras el ministro de
Salud, llorando en cámara, pedía comprensión. Comprensión para un Estado que
habilitó el veneno.
La respuesta oficial fue un clásico: silencio
catatónico, culpas cruzadas y un ejército de bufones tratando de tapar el sol
con un meme. El papelón fue tal que la única defensora espontánea del gobierno
fue Lilia Lemoine, que acusó a periodistas de “operar” contra Milei. ¿En serio?
¿Ese es el argumento frente a cientos de miles de dólares en coimas y audios
que prueban que el Presidente estaba al tanto? La decadencia política en estado
puro: cuando se queda sin explicaciones, Milei manda a sus cosplay a hacer el
ridículo.
Spagnuolo, lejos de renunciar, se atrinchera en su
cinismo: “Si me tiran el fardo a mí, yo declaro que se lo conté al
Presidente”. Traducción: si caigo, no caigo solo. Y allí aparece la figura
central, la Zarina Karina, la mujer que nunca habló, nunca se
candidateó, nunca se sometió al voto popular, pero que aparece en cada negocio
turbio, en cada arreglo en la sombra, en cada dólar que se escurre por la
canaleta del poder.
¿Y Milei? Milei juega al distraído. Como si no
supiera, como si no hubiera escuchado. Como si no se tratara de su hermana, de
su amigo, de su gente. El libertario que gritaba contra la “casta parasitaria”
hoy preside el gobierno más parecido a un comité de rapiña que haya
visto la Argentina democrática. Se reparten laboratorios, ministerios, negocios
con medicamentos y hasta criptomonedas estafadoras. Todo mientras el pueblo
ajusta el cinturón, las pymes cierran y los jubilados cuentan monedas.
La escena final parece salida de un sainete
grotesco: discapacitados reclamando en la calle, un Congreso rechazando vetos
presidenciales, ministros llorando en televisión, jueces allanando droguerías,
y en paralelo, Milei dando conferencias en el Hotel Alvear, señalando que todo
es culpa de un “espectáculo macabro”. Sí, macabro es que un país entero
descubra que el gobierno libertario no vino a terminar con la casta: vino a
perfeccionarla, con más cinismo, más voracidad y menos pudor.
La república del choreo organizado está en marcha.
Y a diferencia de lo que pregona Milei, acá no hay “casta” ni “anticasta”: hay
una familia en el poder, con su corte de aduladores y mercenarios, que
convirtió al Estado en un kiosco. Lo demás, como dijo Spagnuolo, “que lo hagan
atrás, a mis espaldas”.