En Argentina, los sindicatos aprendieron hace
décadas el truco que los romanos perfeccionaron temprano: el poder no se
conquista, se conserva. Y a veces se conserva con tanta lealtad que ya
ni se diferencia de una propiedad familiar. Uno entra a la sede, ve el cuadro,
el sillón, el mismo apellido; no sabe si está en un gremio o en un panteón
donde las placas ya están grabadas para los descendientes.
El ejemplo más visible, más nítido, más imposible
de ignorar es el de Armando Oriente Cavalieri, el hombre que no
conduce Comercio: lo habita, como si fuera una sucesión de décadas
en loop. Desde mil novecientos ochenta y cinco está ahí, firme, incansable,
inoxidable. Cambiaron los presidentes, las monedas, los salarios, la inflación,
las formas de trabajo… pero el secretario general no. La historia
argentina se actualizó varias veces; el gremio, parece, no.
Y aquí es donde lo personal se vuelve estructural.
Cavalieri no es un caso aislado: es un símbolo. Un síntoma extendido. Una
postal del sindicalismo argentino que envejece al mando, no en la lucha.
Dirigentes eternos, alternancia inexistente, elecciones internas que funcionan
como trámite litúrgico. Democracia sindical de frontera: se ve desde afuera, se
declama en documentos, pero adentro las llaves cambian menos que los convenios.
El discurso hacia el trabajador se llena de
palabras nobles: “participación”, “representatividad”, “defensa irrestricta del
salario”. Pero cuando uno corre el telón y mira la mesa chica —no la asamblea,
la mesa chica— descubre que la democracia sindical existe como el horario de
verano: teóricamente vigente, prácticamente suspendida hace años.
Porque un sistema que permite que los mismos
nombres conduzcan treinta, cuarenta o cincuenta años no es democrático: es una
monarquía laboral con licencia gremial. Y si la rotación del poder se
vuelve un accidente estadístico, ¿quién controla a quién? ¿Quién representa a
quién? ¿El sindicato a los trabajadores, o los trabajadores sosteniendo una
casta que ya no responde al siglo veintiuno?
La pregunta es incómoda —y por eso es necesaria—:
¿Puede hablar de derechos quien no permite el derecho más básico, el de
elegir y cambiar?
La democracia, para funcionar, debe fluir; donde se estanca se pudre. Y en el
sindicalismo argentino, ese estancamiento huele a archivo viejo, a sello
mojado, a padrón filtrado con bisturí discreto.
Si el movimiento obrero fue alguna vez columna
vertebral, hoy corre el riesgo de volverse estatua: sólida, histórica,
imponente… e inmóvil. Y las estatuas, sabemos, no marchan. No negocian. No
incomodan. Solo recuerdan mejores tiempos.





