Hablar de
corrupción política en Corrientes no es abrir una caja de sorpresas. Es, más
bien, volver a recorrer un terreno conocido, transitado y, lo que es peor,
naturalizado. Municipios pequeños y medianos, gobiernos provinciales de
distintos signos, promesas de transparencia que se repiten como eslogan y una
realidad que, gestión tras gestión, vuelve a mostrar las mismas fallas
estructurales. No es un problema nuevo ni excepcional. Es persistente. Y esa
persistencia merece una pregunta incómoda: ¿estamos ante un problema cultural o
ante un sistema que funciona exactamente como fue diseñado?
La evidencia
acumulada en los últimos años muestra que los casos de presunta corrupción en
Corrientes rara vez aparecen por controles preventivos eficaces. Casi siempre
emergen después de cambios de gobierno, internas políticas, rupturas de
alianzas o conflictos personales. El patrón es claro: mientras el poder se
mantiene estable, los mecanismos de control miran hacia otro lado; cuando el
poder cambia de manos, los expedientes aparecen, las denuncias se multiplican y
el discurso moralizador gana espacio.
Los municipios son
el eslabón más frágil de esta cadena. No por casualidad. En muchas localidades
correntinas, el intendente concentra decisiones administrativas, financieras y
políticas con escasos contrapesos reales. Los concejos deliberantes suelen
responder a mayorías automáticas, los tribunales de cuentas llegan tarde o se
limitan a observaciones formales, y la estructura técnica es mínima o
directamente inexistente. En ese escenario, el Estado local deja de ser una
institución y se transforma en una extensión personal del jefe comunal de
turno.
La confusión entre
lo público y lo privado es una constante. Vehículos municipales usados como
propios, contrataciones sin licitación clara, proveedores “amigos”, obras
anunciadas y nunca terminadas, planteles municipales inflados con personas que
no cumplen funciones reales. Todo eso convive con una narrativa instalada: “es
lo que hay”, “siempre fue así”, “al menos hace algo”. La vara ética se corre
peligrosamente hacia abajo.
A nivel
provincial, el problema no desaparece: se sofistica. Las discusiones giran en
torno a licitaciones, concesiones de servicios, obras de infraestructura,
fondos especiales y designaciones estratégicas. Los organismos de control
existen, pero su independencia es relativa. Cuando quienes deben auditar dependen
política o presupuestariamente de quienes administran, el control se vuelve
débil, selectivo o directamente decorativo. El equilibrio republicano queda
reducido a una formalidad.
Aquí aparece la
tentación de hablar de “corrupción cultural”. Pero ese concepto, aunque cómodo,
es engañoso. No hay una genética social que empuje a la corrupción. Lo que hay
es pobreza estructural, dependencia del Estado, falta de empleo privado y una
política que aprendió a administrar la escasez como herramienta de poder. En muchos
pueblos, el municipio no solo administra servicios: administra la
supervivencia. Un contrato, una changa, una ayuda social, un puesto precario.
Denunciar irregularidades en ese contexto no es un acto heroico: es, muchas
veces, un suicidio social.
El clientelismo no
es un desvío del sistema; es parte del sistema. Y la corrupción se alimenta de
esa lógica. No siempre en forma de grandes escándalos, sino en miles de
pequeñas prácticas cotidianas que, sumadas, vacían de sentido a la gestión
pública. Cuando el empleo municipal se convierte en moneda política, cuando el
favor reemplaza al derecho, cuando la lealtad vale más que la idoneidad, la
corrupción deja de ser una excepción para transformarse en método.
La Justicia, en
este esquema, juega un rol ambiguo. Hay fiscales y jueces que intentan avanzar,
sobre todo en causas ambientales, de obras públicas o de manejo de residuos.
Pero el sistema judicial es lento, fragmentado y, en ocasiones, vulnerable a
presiones. Las causas se estiran durante años, prescriben o quedan atrapadas en
laberintos procesales. El mensaje que baja es demoledor: el costo de la
corrupción es bajo y, en muchos casos, inexistente.
Tampoco ayuda la
debilidad del control social. En el interior correntino, el periodismo de
investigación es una tarea solitaria y riesgosa. La pauta oficial condiciona
líneas editoriales, la información pública no fluye y la ciudadanía se
acostumbra a no preguntar. El silencio no siempre es complicidad: muchas veces
es miedo, cansancio o resignación.
Entonces, ¿qué es
lo que pasa en Corrientes? Pasa que durante años se consolidó un modelo donde
el poder se concentra, los controles se diluyen y la necesidad social funciona
como anestesia ética. Pasa que se confunde gobernar con administrar lealtades.
Pasa que se promete transparencia sin tocar las estructuras que permiten la
opacidad.
La corrupción no
es inevitable ni forma parte del ADN correntino. Es el resultado de decisiones
políticas concretas, de instituciones débiles y de una sociedad a la que se le
pidió demasiado tiempo que se conforme con poco. Romper ese círculo implica
fortalecer controles reales, garantizar acceso a la información, proteger a
quienes denuncian y, sobre todo, abandonar la idea de que el Estado es un botín
a repartir.
Mientras eso no
ocurra, la corrupción seguirá ahí: no como un escándalo ocasional, sino como un
paisaje cotidiano al que ya casi nadie se detiene a mirar.
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