Hubo un tiempo en
que las potencias se esforzaban por maquillar sus guerras. Se hablaba de
democracia, libertad, misiones humanitarias o armas inexistentes. Hoy ya no
hace falta. El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, dijo lo
que antes se escribía en informes confidenciales: las acciones militares sirven
para garantizar acceso a “riqueza y recursos”, sin pagar el costo político de
ver ataúdes regresar a casa. La sangre, en esta etapa del capitalismo armado,
debe ser siempre ajena.
La comparación con
Irak no fue un error ni un exabrupto. Fue una confesión involuntaria. Décadas
de ocupación, cientos de miles de muertos y un país devastado dejaron, según el
propio razonamiento estadounidense, una enseñanza clave: la guerra larga
desgasta. La intervención rápida, quirúrgica y sin intermediarios resulta más
eficiente. Menos discurso, más botín.
Venezuela aparece
así como el escenario ideal. Petróleo, minerales estratégicos, ubicación
geopolítica y un gobierno incómodo. Tras los ataques y la captura del
presidente Nicolás Maduro, Washington no se limitó a justificar la acción:
anunció que administrará el país hasta decidir cuándo y cómo debe
“transicionar”. No se trata de tutelaje temporal, sino de control directo.
Gobernar primero, explicar después.
Desde Caracas, la
respuesta fue inmediata. Se habló de agresión militar, de saqueo planificado y
de un intento explícito por quebrar la independencia política. La
vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió de manera interina por orden del Tribunal
Supremo, mientras exigía la liberación del mandatario. En paralelo, varios
países reclamaron respeto por la soberanía venezolana. Entre ellos, Rusia, que
denunció la intervención como una violación flagrante del derecho
internacional.
Nada de esto
parece incomodar demasiado a Washington. La ultraderecha global, hoy sin
complejos ni eufemismos, ya no necesita convencer: impone. La legalidad
internacional se vuelve un accesorio, útil solo cuando coincide con los
intereses propios. Cuando no, se ignora. O se bombardea.
La ironía es
evidente. Quienes durante décadas se autoproclamaron garantes del orden mundial
actúan ahora como corsarios modernos, con bandera, portaaviones y discursos
televisivos. Ya no se llevan cofres de oro, sino contratos, yacimientos y
control político. El método cambió; la lógica es la misma.
La pregunta ya no
es si el objetivo son los recursos. Eso quedó dicho en voz alta. La verdadera
incógnita es cuánto más puede correrse el límite antes de que el saqueo abierto
deje de ser excepción y se convierta en norma. Porque cuando el pirata se
sienta en el trono, el problema no es el botín: es el precedente.









