El sable corvo del general José de San Martín es uno de los
objetos históricos más emblemáticos de la independencia sudamericana. El
Libertador lo compró en Londres en 1811, poco antes de regresar al Río de la
Plata para sumarse al proceso revolucionario que culminaría con la emancipación
de Argentina, Chile y Perú.
Se trata de un sable de hoja curva, posiblemente de origen oriental,
diseñado para el combate de caballería. San Martín consideraba este tipo de
arma especialmente eficaz y lo utilizó durante las campañas militares que
lideró en América del Sur, además de inspirar el equipamiento del Regimiento de
Granaderos a Caballo.
Tras su retiro de la vida pública, el sable permaneció junto al
Libertador en Europa hasta su fallecimiento en 1850. En su testamento, San
Martín dispuso que el arma fuera entregada al entonces gobernador de Buenos
Aires, Juan Manuel de Rosas, como reconocimiento por la defensa de la soberanía
nacional frente a potencias extranjeras.
Luego de la caída de Rosas, el sable quedó en manos de su familia.
A fines del siglo XIX, los herederos decidieron donarlo al Estado argentino
para su preservación histórica. En 1897, el arma fue incorporada al Museo
Histórico Nacional, donde se transformó en una pieza central del patrimonio del
país.
Durante la década de 1960, el sable fue robado en dos ocasiones y
posteriormente recuperado. Tras esos episodios, quedó bajo custodia del
Regimiento de Granaderos a Caballo durante varios años. Finalmente, en 2015
regresó al Museo Histórico Nacional, donde permanece en exhibición.
Más allá de su valor material, el sable corvo representa un
símbolo de la gesta independentista y de la figura de San Martín, asociado a la
austeridad y al liderazgo militar que marcaron su trayectoria.







