Las redes sociales modificaron la manera en que numerosas familias
viven y observan la infancia. Logros que antes quedaban dentro del hogar, como
una palabra nueva, un dibujo o una comida aceptada, ahora suelen ser
fotografiados, compartidos y evaluados públicamente.
En ese escenario, el desarrollo infantil comenzó a estar atravesado por una comparación
constante, donde cada imagen o video puede generar nuevas
expectativas sobre lo que un niño debería saber o hacer a determinada edad.
Una madre puede observar en las redes a niños pequeños recitando
letras, hablando otros idiomas, practicando deportes o cumpliendo actividades
sin resistencia. A partir de esas publicaciones puede aparecer la preocupación
de que su propio hijo debería comportarse de la misma manera.
El niño queda así sometido a una doble presión: la exigencia
directa de actividades, terapias y aprendizajes tempranos, y la necesidad
indirecta de representar una imagen familiar exitosa ante los demás.
Esta problemática es abordada en el libro El niño bajo
presión, donde se plantea que la exigencia de rendimiento puede
presentarse bajo la apariencia de cuidado y estimulación.
Ofrecer experiencias enriquecedoras no constituye un problema en
sí mismo. La dificultad surge cuando las actividades dejan de responder a las
necesidades reales del niño y comienzan a estar impulsadas por la ansiedad de
los adultos.
Algunos niños de apenas 2 años tienen agendas cargadas con
estimulación, idiomas, deportes, tratamientos y diferentes rutinas. Sin
embargo, un
niño pequeño también necesita juego libre, descanso, repetición, contacto
corporal, vínculos seguros y tiempo sin objetivos productivos.
El aburrimiento, muchas veces considerado algo negativo, también
puede favorecer la imaginación, la autonomía y el desarrollo de funciones
psíquicas y cognitivas.
Exigir que todos los niños hablen fluidamente, reconozcan letras,
participen sin resistencia o respondan con gracia a cada consigna desconoce que
el
desarrollo no ocurre de manera idéntica ni al mismo ritmo en todas las personas.
Existen casos en los que resulta necesario realizar evaluaciones y
brindar acompañamiento profesional. Sin embargo, evaluar no significa
presionar, acompañar no implica acelerar y estimular no debe convertirse en una
invasión permanente.
Las redes sociales también favorecen la búsqueda de respuestas
inmediatas ante cualquier diferencia. Una dificultad para hablar, comer o
aceptar una actividad puede ser interpretada rápidamente como un trastorno, sin
considerar factores como el cansancio, el sueño, los cambios familiares, la
sobrecarga o la propia edad.
Otro aspecto señalado es la pérdida de intimidad. No todo
logro, llanto, berrinche o dificultad necesita convertirse en contenido público.
Los niños tienen derecho a atravesar sus procesos sin quedar expuestos como una
forma de validación de los adultos.
La presión también alcanza a las madres, quienes reciben mensajes
contradictorios sobre la crianza: estimular, detectar problemas rápidamente,
alimentar de manera perfecta, consultar a tiempo y ofrecer cada vez más
oportunidades.
Esa exigencia puede derivar en decisiones impulsivas, como dietas
sin supervisión, suplementos, cambios de alimentación, acumulación de terapias
y rutinas difíciles de sostener.
La propuesta es recuperar una mirada más humana y evolutiva. Un niño no es
un perfil en las redes ni un proyecto de rendimiento, sino una persona en pleno
desarrollo que necesita tiempo, juego, cuidados, límites y vínculos seguros.









