Las persianas bajan en Corrientes mientras el poder mira para otro
lado. No es una metáfora: es una postal concreta que se repite en Goya, en el
interior profundo y en cada municipio donde una fábrica apaga sus máquinas y
deja a cientos de familias a la intemperie. Lo que se cierra no es solo una
planta industrial; se clausura una forma de vida, un entramado social, una
economía local que difícilmente vuelva a levantarse sin decisión política.
El cierre de industrias ya no es una excepción ni una mala racha.
Es un síntoma. Un modelo que no produce, no protege y no planifica. Un país
donde fabricar se volvió una aventura imposible y donde el trabajo dejó de ser
prioridad para convertirse en variable de ajuste. Las pérdidas empresarias
existen, claro, pero detrás de cada balance en rojo hay trabajadores que pasan
del reloj de fichar al reloj de contar monedas.
Mientras tanto, la agenda oficial parece vivir en otro país. El
debate central no es cómo sostener a la industria nacional, cómo defender el
empleo o cómo evitar que el interior se vacíe, sino cómo avanzar en una reforma
laboral presentada como solución mágica. Como si el problema fueran los
derechos y no la ausencia de políticas productivas. Como si flexibilizar fuera sinónimo
de crecer y no de precarizar.
Los municipios están en llamas, pero no salen en cadena nacional.
Arden en silencio. Arden cuando el comerciante deja de vender, cuando el
alquiler no se paga, cuando el joven se va porque no hay futuro, cuando la
familia entera depende de un ingreso que ya no existe. Esa es la verdadera
crisis, la que no entra en los PowerPoint ni en los discursos de ocasión.
Y frente a ese incendio social, el recurso es viejo y conocido:
pan y circo. Fiestas, shows, luces, relatos optimistas y una sobredosis de
entretenimiento para anestesiar la realidad. Como si un escenario iluminado
pudiera tapar una fábrica cerrada. Como si la música alcanzara para silenciar
el ruido del desempleo. Como si la celebración reemplazara al salario.
La historia enseña que cuando se abandona la producción y se
desprecia el trabajo, el costo se paga caro y siempre lo pagan los mismos.
Corrientes ya lo vivió, el país también. Sin industria no hay desarrollo, sin
empleo no hay futuro y sin decisiones políticas no hay salida.
Porque mientras el circo sigue, las fábricas se van. Y cuando se
van, no vuelven. Y con ellas, se lleva algo más que máquinas: se lleva la
esperanza de pueblos enteros que hoy arden, aunque algunos prefieran mirar el
espectáculo antes que el incendio.
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