Un estudio basado en entrevistas a personas mayores de 60 años
reveló que el
humor cumple un rol central en el bienestar cotidiano,
convirtiéndose en una herramienta clave para afrontar los desafíos de esta
etapa de la vida.
La investigación, realizada con adultos de entre 60 y 85 años,
mostró que reír,
hacer bromas y compartir momentos divertidos no es solo entretenimiento,
sino una forma de regular emociones, fortalecer vínculos y sobrellevar situaciones
difíciles.
Uno de los hallazgos más relevantes es que el humor
funciona como mecanismo de afrontamiento, especialmente ante
problemas de salud, pérdidas o cambios en la autonomía. Muchos participantes
resumieron esta idea con una frase recurrente: “si no me riera, lloraría”.
El estudio también destaca que no todo el humor es igual.
Existen formas positivas, que ayudan a conectar con otros y mejorar el ánimo, y
otras negativas, como el humor agresivo o autodestructivo, que pueden tener
efectos perjudiciales.
En el plano social, reír con otras personas fortalece relaciones y genera cercanía,
facilitando la comunicación y creando espacios de confianza. Incluso, se
observó que el humor puede motivar encuentros sociales, actuando como un
motor para mantener la vida activa.
Además, los investigadores detectaron que las personas
con mayor bienestar utilizan el humor de forma más abierta y social,
mientras que quienes atraviesan momentos difíciles tienden a usarlo como
defensa emocional.
El trabajo también advierte que el humor puede tener un lado
negativo, especialmente cuando se basa en estereotipos o puede
resultar ofensivo, por lo que su impacto depende del contexto y la sensibilidad
de cada situación.
En conjunto, el estudio aporta una mirada distinta sobre el
envejecimiento: más allá de hábitos físicos, el humor aparece como un factor
cotidiano y accesible que contribuye al bienestar emocional y social.









